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lunes, 4 de noviembre de 2024

¿QUE TAL SI POR UN DÍA JESÚS SE CONVIERTE EN USTED? ( Primera Parte) POR: MAX LUCADO

¿Qué tal si por veinticuatro horas Jesús se levantara de su cama, de la de usted, anduviera en sus zapatos, viviera en su casa, y siguiera su horario? ¿Su jefe sería el jefe de Él, su madre sería la madre de Él, sus dolores serían los de Él? Con una excepción, nada en su vida cambia. Su salud no cambia. Sus circunstancias no cambian. Su horario no se altera. Sus problemas no se resuelven. Solo un cambio ocurre.

¿Qué tal si, por un día y una noche, Jesús viviera la vida suya con el corazón de Él? El corazón que usted tiene en el pecho tiene el día libre y su vida la dirige el corazón de Cristo. Las prioridades de Él gobiernan sus acciones. Las pasiones de Él impulsan sus decisiones. El amor de Cristo dirige su conducta.

¿Cómo sería? ¿Notaría la gente algún cambio? Su familia, ¿vería algo nuevo? Sus compañeros de trabajo, ¿percibirían alguna diferencia? ¿Qué tal de los menos afortunados? ¿Los trataría de la misma manera? ¿Qué tal sus amigos? ¿Detectarían más alegría? ¿Qué tal sus enemigos? ¿Recibirían más misericordia del corazón de Cristo que del suyo?

¿Y usted? ¿Cómo se sentiría? ¿Qué alteraría este trasplante en su nivel de tensión? ¿En sus cambios de carácter? ¿En sus arranques temperamentales? ¿Dormiría mejor? ¿Vería diferente la puesta del sol? ¿La muerte? ¿Los impuestos? ¿Necesitaría menos aspirinas y calmantes? ¿Qué tal en su reacción a las demoras en el tránsito? (Eso duele, ¿no?) ¿Temería todavía lo que teme? Mejor todavía, ¿seguiría haciendo lo que está haciendo? ¿Haría usted lo que ha planeado por las siguientes veinticuatro horas? Deténgase y piense en su horario. Obligaciones, citas, salidas, compromisos. Con Jesús apoderándose de su corazón, ¿cambiaría alguna cosa?
Siga trabajando en esto por un momento. Ajuste el lente de su imaginación hasta que tenga un cuadro claro de Jesús guiando su vida, entonces oprima el obturador y retrate la imagen. Lo que usted ve es lo que Dios quiere. Él quiere que usted piense y actúe como Jesucristo (Filipenses 2.5. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús)

El plan de Dios no es nada menos que un nuevo corazón. Si usted fuera un coche, Dios querría controlar su motor. Si fuera una computadora, Dios controlaría los programas y el disco duro. Si fuera un aeroplano, tomaría asiento en la cabina de mando. Pero usted es una persona, así que Dios quiere cambiarle el corazón.

Pablo dice: «Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre [que es tener un nuevo corazón], creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4.23–24).

Dios quiere que usted sea como Jesús. Quiere que tenga un corazón como el de Él.

Atletas de la palabra
Hno. Douglas G Guanipa


viernes, 9 de junio de 2017

¿QUÉ TAL SI POR UN DÍA JESÚS SE CONVIRTIERA EN USTED? (3ra Parte) Por: Max Lucado

El Corazón De Cristo:

El corazón de Jesús fue puro. Miles adoraban al Salvador, sin embargo estaba contento con una vida sencilla. Había mujeres que lo atendían (Lucas 8.1–3), sin embargo jamás se le acusó de pensamientos lujuriosos; su propia creación lo despreció, pero voluntariamente los perdonó incluso antes de que pidieran misericordia. Pedro, quien acompañó a Jesús por tres años y medio, le describe como «un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1.19). Después de pasar el mismo tiempo con Jesús, Juan concluyó: «no hay pecado en Él» (1 Juan 3.5).

El corazón de Jesús fue pacífico. Los discípulos se preocuparon por la necesidad de alimentar a miles, pero Jesús no. Agradeció a Dios por el problema. Los discípulos gritaron por miedo a la tempestad, pero Jesús no. Él dormía. Pedro sacó su espada para enfrentarse a los soldados, pero Jesús no. Jesús levantó su mano para sanar. Su corazón tenía paz.
Cuando sus discípulos lo abandonaron, ¿se enfadó y se fue a su casa? Cuando Pedro lo negó, ¿perdió Jesús los estribos? Cuando los soldados le escupieron en la cara, ¿les vomitó fuego encima? Ni pensarlo. Tenía paz. Los perdonó. Rehusó dejarse llevar por la venganza.

También rehusó dejarse llevar por nada que no fuera su alto llamamiento. Su corazón estaba lleno de propósitos. La mayoría de las vidas no se proyectan hacia algo en particular, y nada logran. Jesús se proyectó hacia una sola meta: salvar a la humanidad de sus pecados. Pudo resumir su vida con una frase: «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» ( Lucas 19.10 ). Jesús se concentró de tal manera en su tarea que supo cuándo debió decir: «Aún no ha venido mi hora» ( Juan 2.4 ) y cuándo: «Consumado es» (Juan 19.30). Pero no se concentró en su objetivo al punto de ser desagradable.

Al contrario. ¡Qué agradables fueron sus pensamientos! Los niños no podían alejarse de Jesús. Jesús pudo hallar belleza en los lirios, alegría en la adoración y posibilidades en los problemas. Podía pasar días con multitudes de enfermos y todavía sentir compasión de ellos. Pasó más de tres décadas vadeando entre el cieno y lodazal de nuestro pecado, y sin embargo vio suficiente belleza en nosotros como para morir por nuestras equivocaciones.

Pero el atributo que corona a Cristo es este: su corazón fue espiritual. Sus pensamientos reflejaban su íntima relación con el Padre. «Yo soy en el Padre, y el Padre en mí», afirmó (Juan 14.11). Su primer sermón que se registra empieza con las palabras «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lucas 4.18). Era «llevado por el Espíritu» (Mateo 4.1) y estaba «lleno del Espíritu Santo» (Lucas 4.1). Del desierto «volvió en el poder del Espíritu» (Lucas 4.14).

Jesús recibía sus instrucciones de Dios. Era su hábito ir a adorar (Lucas 4.16). Era su costumbre memorizar las Escrituras (Lucas 4.4). Lucas dice que Jesús «se apartaba a lugares desiertos, y oraba» (Lucas 5.16). Sus momentos de oración lo guiaban. Una vez regresó después de orar y anunció que era tiempo de pasar a otra ciudad (Marcos 1.38).

Otro tiempo de oración resultó en la selección de los discípulos (Lucas 6.12–13). Jesús era guiado por una mano invisible. «Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» (Juan 5.19). En el mismo capítulo afirmó: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo» (Juan 5.30).

"El corazón de Jesús fue Espiritual".
El corazón de la humanidad 
Nuestros corazones parecen estar muy lejos del de Jesús. Él es puro; nosotros somos codiciosos. Él es pacífico; nosotros nos afanamos. Él está lleno de propósitos; nosotros nos distraemos. Él es agradable; nosotros somos rebeldes. Él es espiritual; nosotros nos apegamos a esta tierra. La distancia entre nuestros corazones y el suyo parece ser inmensa. ¿Cómo podemos tan siquiera esperar tener el corazón de Jesús?

¿Está listo para una sorpresa? Ya la tiene. Usted ya tiene el corazón de Cristo. ¿Por qué me mira de esa manera? ¿Le jugaría una broma en esto? Si usted ya está en Cristo, entonces ya tiene el corazón de Cristo. Una de las promesas supremas, y de la que nos percatamos es sencillamente esta: si usted le ha entregado su vida a Jesús, Jesús se ha dado a sí mismo. Ha hecho de su corazón su morada. Sería difícil decirlo de una manera más concisa que Pablo: «Vive Cristo en mí» (Gálatas 2.20). "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí".

A riesgo de repetir, permítame volver a decirlo. Si usted ya le ha entregado su vida a Jesús, Él mismo se ha dado a usted. Se ha mudado a su vida, ha desempacado sus maletas y está listo para cambiarlo «de gloria en gloria en la misma imagen» (2 Corintios 3.18). Pablo lo explica diciendo que aunque parezca extraño, los que creemos en Cristo en realidad tenemos dentro de nosotros una porción de los mismos pensamientos y mente de Cristo (véase 1 Corintios 2.16).

Extraña es la palabra. Si tengo la mente de Jesús, ¿por qué todavía pienso tanto como yo? Si tengo el corazón de Cristo, ¿por qué todavía tengo las manías de Max? Si Jesús mora en mí, ¿por qué todavía detesto los embotellamientos del tráfico? 
Parte de la respuesta queda ilustrada en la historia de una señora que tenía una casita cerca de una playa en Irlanda, a principios del siglo. Era muy pudiente, pero también muy frugal. Por eso fue que la gente se sorprendió, cuando decidió ser una de las primeras en tener electricidad en su casa
Varias semanas después de la instalación llamó a su puerta un empleado para leer el medidor. Le preguntó si la electricidad estaba funcionando bien, y ella le aseguró que sí.
-¿Me podría explicar algo -dijo el hombre-. Su medidor indica que casi no ha usado nada de electricidad. ¿Está usted usándola?
-Pues claro que sí -respondió ella-. Todas las noches cuando se pone el sol, enciendo las luces mientras enciendo las velas; después la apago.


Tenía conectada la electricidad, pero no la usaba. Su casa tenía las conexiones, pero no había tenido ninguna alteración. ¿No cometemos nosotros la misma equivocación? Nosotros también, con nuestras almas salvadas pero con corazones sin cambio, estamos conectados pero sin alteración alguna. Confiamos en Cristo para la salvación pero resistimos la transformación. Ocasionalmente movemos el interruptor, pero la mayor parte del tiempo nos conformamos con las sombras.
¿Qué pasaría si dejáramos la luz encendida? ¿Qué ocurriría si no solo moviéramos el interruptor sino que viviéramos en la luz? ¿Qué cambios ocurrirían si nos dedicáramos a morar bajo el brillo de Cristo?

No hay duda al respecto: Dios tiene para nosotros un plan ambicioso. El mismo que salvó su alma anhela rehacer su corazón. Su plan es nada menos que una transformación total: Pablo dice que desde el mismo principio Dios decidió moldear las vidas de los que le aman de acuerdo a las líneas de su Hijo (véase Romanos 8.29).

Usted se ha «revestido de la nueva naturaleza: la del nuevo hombre, que se va renovando a imagen de Dios, su Creador, para llegar a conocerlo plenamente» (Colosenses 3.10, VP).

Dios está dispuesto a cambiarnos a semejanza del Salvador. ¿Aceptaremos su oferta? Le sugiero esto: Imaginémonos lo que significa ser como Jesús. Examinemos con detenimiento el corazón de Cristo. Pasemos algunos capítulos considerando su compasión, reflexionando en su intimidad con el Padre, admirando su enfoque, meditando en su resistencia. ¿Cómo perdonó Él? ¿Cuándo oró? ¿Qué lo hacía ser tan agradable? ¿Por qué no se dio por vencido? Pongamos «los ojos en Jesús» (Hebreos 12.2). Tal vez al verlo, veremos lo que podemos llegar a ser.

Tengan paciencia unos con otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así Como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.

Colosenses 3.13, vp





lunes, 5 de junio de 2017

¿QUE TAL SI POR UN DÍA JESÚS SE CONVIERTE EN USTED? (2da. Parte) por: Max Lucado

Voy a correr un riesgo. Es peligroso resumir en una sola declaración verdades grandiosas, pero voy a intentarlo. Si una frase o dos pudieran captar el deseo de Dios para cada uno de nosotros, diría lo siguiente:

Dios lo ama tal como es, pero rehúsa dejarlo así. Él quiere que usted sea como Jesús.

Dios lo ama tal como usted es. Si piensa que su amor por usted sería más fuerte si su fe lo fuera, se equivoca. Si piensa que su amor sería más profundo si sus pensamientos lo fueran, se equivoca de nuevo. No confunda el amor de Dios con el cariño de la gente. El cariño de la gente por lo general aumenta con el desempeño y disminuye con los errores. Pero no es así con el amor de Dios. Dios le ama exactamente como usted es. Cito al autor favorito de mi esposa:

El amor de Dios nunca cesa. Jamás. Aun cuando le desdeñemos, le ignoremos, le rechacemos, le menospreciemos, le desobedezcamos, Él no cambia. Nuestro mal no puede disminuir su amor. Nuestra bondad no puede aumentarlo. Nuestra fe no se lo gana así como nuestra necedad no lo estorba. Dios no nos ama menos porque fracasemos ni más porque triunfemos.

El amor de Dios nunca cesa.
Dios lo ama tal como usted es, pero rehúsa dejarlo así. 
Cuando mi hija Jenna tenía aproximadamente dos años solía llevarla a un parque cercano a nuestro departamento. Cierto día ella estaba jugando en un montículo de arena, y un vendedor de helados se acercó. Le compré una golosina, y cuando me volví para dársela a la niña, vi que tenía la boca llena de arena. Donde yo quería poner algo sabroso ella había puesto tierra

¿La amé con su boca sucia? Claro que sí. ¿Era ella menos hija mía por su boca llena de arena? Por supuesto que no. ¿La dejaría yo con la arena en su boca? Ni en sueños. La quería exactamente como ella era, pero rehusé dejarla como estaba. La llevé hasta un grifo de agua y le lavé la boca. ¿Por qué? Porque la quería.

Dios hace lo mismo con nosotros. Nos lleva a la fuente. «Escupe la tierra, cariño», nos insta nuestro Padre. «Tengo algo mejor para ti». Así nos limpia de nuestra inmundicia: inmoralidad, falta de honradez, prejuicios, amargura, avaricia. No nos gusta que nos limpie; algunas veces preferimos la tierra en lugar del helado. «¡Puedo comer tierra si se me antoja!» proclamamos y nos enfadamos. Lo cual es cierto; podemos. Pero si lo hacemos, nosotros perdemos. Dios tiene una oferta mejor. Quiere que seamos como Jesús.

¿No son esas buenas noticias? Usted no está atascado con su personalidad actual. No está condenado al «reino de los gruñones». Usted es maleable. Aun cuando se haya afanado todos los días de su vida, no necesita afanarse el resto de su vida. ¿Qué tal si nació como un intolerante? No tiene por qué morir siéndolo.

¿De dónde sacamos la idea de que no podemos cambiar? ¿De dónde vienen afirmaciones tales como: «Es mi naturaleza preocuparme», o «siempre he sido pesimista. Así soy yo», o «tengo mal genio. No puedo evitarlo»? ¿Quién lo dice? ¿Diríamos cosas similares respecto a nuestro cuerpo? «Es mi naturaleza tener una pierna rota. No puedo hacer nada para evitarlo».

Por supuesto que no. Si nuestros cuerpos funcionan mal, buscamos ayuda. ¿No deberíamos hacer lo mismo con nuestros corazones? ¿No deberíamos buscar ayuda para nuestras actitudes agrias? ¿No podemos pedir tratamiento para nuestros arranques de egoísmo? Por supuesto que podemos. Jesús puede cambiar nuestros corazones. Él quiere que tengamos un corazón como el suyo.

¿Puede usted imaginarse una mejor oferta?
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16) 
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16) 




lunes, 6 de marzo de 2017

NUESTRAS CONVICCIONES PERSONALES

Como cristianos, debemos tener convicciones que definan nuestra identidad y determinen nuestro estilo de vida y decisiones.

Puede que algunos crean que nuestras convicciones son un aspecto privado de nuestra vida, pero en realidad ellas están expuestas a la vista de todos, pues las expresamos con nuestras acciones diarias. Dios nos ha dado principios bíblicos con el propósito de protegernos, guiarnos, motivarnos y ayudarnos a vivir de acuerdo a su voluntad. Como nuestras convicciones tienen una influencia tan poderosa, debemos examinarlas para determinar si contribuyen o no a nuestro crecimiento espiritual, o si nos acercan o separan de Dios.

Cuando Pedro y Juan fueron lanzados en la cárcel por haber sanado a un hombre cojo, se les amenazó para que no hablasen o enseñasen en el nombre de Jesús. Sin embargo, se mantuvieron firmes en sus convicciones y dijeron: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch 4.19, 20).

El verdadero significado de la convicción
La palabra convicción puede ser definida de tres maneras, tal como mencionamos aquí:

v  Un veredicto culpable que se dicta en la corte. Como cuando hablamos de una convicción por un crimen.
v   Una creencia que se sostiene con firmeza. Como el hecho de que estamos seguros de que Jesucristo es el Hijo de Dios, quien ha resucitado y quien es el único camino al cielo.
v  Un sentimiento de culpabilidad que proviene del Espíritu Santo, pues Él es quien convence al mundo de pecado, justicia y juicio (Jn 16.8). Tales convicciones son las que están relacionadas con nuestra fe. Las mismas deberían tener un efecto decisivo en nuestra conducta y marcar la diferencia cada vez que debamos demostrar nuestras creencias a quienes no piensan igual que nosotros

La diferencia entre las convicciones y las preferencias.
Al examinar nuestra vida, debemos determinar si vivimos por convicciones o preferencias.

v  Las preferencias son creencias que varían de acuerdo a las circunstancias y que podemos modificar para beneficiarnos. Las preferencias no proveen un cimiento sólido para nuestra vida, pues dependen de lo que nos ocurra, o pueden ser cambiadas si se nos ofrece algo mejor, por lo cual son fácilmente abandonadas ante las tentaciones.
v   Una convicción es una creencia sólida y firme, que está basada en la confianza en la Palabra de Dios. La cual nos hace estar completamente convencidos de su verdad, de tal manera que asumamos una postura sin importar las consecuencias. Las convicciones moldean, no solo nuestras creencias, sino también la manera en la que vivimos y en la que morimos. Definen nuestra identidad y proveen una dirección sólida que nos mantiene en el camino correcto sin importar las circunstancias o tentaciones que enfrentemos.

Características de una persona con convicciones
Nuestra meta como creyentes es llegar a ser como Pedro y Juan, quienes se mantuvieron firmes en su fe en Cristo y en la responsabilidad que tenían de proclamar su salvación, sin importar las amenazas que recibieron. Al imitar su ejemplo expresaremos las siguientes características:

v  Sentido de propósito. Sabemos hacia donde nos dirigimos y andamos por un camino definido para llegar ahí, al buscar aquello que va de acuerdo con nuestra identidad en Cristo y al dejar a un lado lo que no sea de su agrado. En vez de imitar a la mayoría, o buscar nuestro propio placer, seguimos los principios bíblicos, al buscar la voluntad de Dios para abstenernos de los pecados que nos rodean
v   Fe en Dios para poder vivir con convicciones. La fuerza que nos permite mantenernos firmes en nuestras convicciones proviene de la fe en Cristo como nuestro Salvador y de la Palabra de Dios.
v  Valentía ante los desafíos. Es fácil mantener convicciones firmes cuando estamos en la iglesia, rodeados de personas que piensan igual que nosotros. Pero si nos rodean personas que creen que los cristianos somos intolerantes y tontos, necesitamos valor para declarar que somos seguidores de Cristo y para proclamar la Palabra de Dios.
v  Perspectiva en mente. Antes de rendir nuestras convicciones o de negar lo que realmente creemos, debemos examinar los efectos a largo plazo que sufriremos al hacerlo
v  Fortaleza inusual. Desde el momento en que fuimos salvos, el Espíritu Santo vino a vivir en nosotros y nos selló como hijos de Dios (Ef 4.30). Él es nuestro consolador, quien nos capacita para comprender la verdad y nos da la fortaleza física, emocional y espiritual para hacer lo correcto en medio de las pruebas y las dificultades (Jn 14.26). Nunca estaremos solos al ser firmes en nuestras convicciones, pues el Espíritu de Dios está siempre con nosotros.
v  Entendimiento adecuado. El Espíritu Santo es quien nos da el discernimiento para reconocer la mentira. Las promesas del mundo de felicidad, prosperidad y placer para los que comprometen las convicciones bíblicas son un gran engaño. De manera que, si basamos nuestras convicciones en nuestras propias ideas, deseos y satisfacciones, nos encaminaremos al desastre. Es al vivir de acuerdo a las convicciones que provienen de Dios que podemos evitar las consecuencias de seguir los valores de este mundo.

¿Por qué claudicamos de nuestras convicciones?
¿Qué es lo que nos motiva para hacer lo malo aun cuando sabemos lo que es bueno?

v  El temor a las críticas. Vivimos en una sociedad donde muchos proclaman tener el derecho de hacer lo que les conviene. Es por eso que somos criticados al mantenernos firmes en nuestras convicciones cristianas, o al proclamar lo que Dios enseña acerca del estilo de vida pecaminoso que otros llevan.
v  El temor al rechazo. Si expresamos lo que creemos, o si vivimos de acuerdo a nuestras convicciones cristianas, puede que no seamos aceptados por quienes viven de acuerdo a sus propios deseos. Sin embargo, no debemos sacrificar esas convicciones para complacer a los demás, pues podemos perder las bendiciones que Dios nos ha preparado.
v  El temor a las pérdidas. En ocasiones, nos negamos a mantenernos firmes en nuestras convicciones, por temor a llegar a perder a nuestros amigos. Sin embargo, cualquier persona que trate de alejarnos de los caminos del Señor no es verdaderamente nuestro amigo
             Es tiempo de que los hijos de Dios nos mantengamos firmes, sin importar las consecuencias. Nuestra prioridad debe ser agradar a Cristo para que seamos hallados fieles a Él y a su Palabra

REFLEXIÓN
v  ¿Qué convicciones dirigen su vida? ¿Qué circunstancias pueden tentarlo a comprometer sus creencias?  
v  ¿De qué manera le ayuda a mantenerse firme el tener una perspectiva a largo plazo? ¿Qué consecuencias puede recibir si compromete sus convicciones? ¿Qué beneficios recibirá si es fiel a Cristo y a las enseñanzas de la Palabra de Dios?

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Pastor, Charles Stanley
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